Alejandro Canales
UNAM-IISUE/PUEES
@canalesa99.bsky.social
(Publicado en Campus Milenio No. 1151, agosto 20 de 2026, pág. 4)
Lo sorprendente es que los jóvenes, los protagonistas sobresalientes en la crisis del examen de admisión de la UNAM, no están en el centro de la discusión pública. La polémica se ha concentrado en las dimensiones políticas, institucionales y técnicas del examen, mientras que las experiencias, aspiraciones y opiniones de los jóvenes han quedado opacadas, cuando no totalmente ignoradas.
Una vez acordado que la alternativa más aceptable para darle vuelta al fallido primer examen sería repetir la evaluación, algunos testimonios de los jóvenes y sus familias han circulado en la prensa y en las redes sociales.
Unos jóvenes, con la resignación de lo inevitable, aceptaron con desgano el examen de nueva cuenta. Otros, persistentes, confían en ratificar su desempeño exitoso en la segunda vuelta. También hay indignados que prefirieron explorar otras instituciones educativas o, peor aún, renunciar definitivamente a la escuela. Y los hay que, simplemente, pronunciaron el insondable “mmhh” para dar por concluida cualquier conversación.
Los atisbos y los fragmentos de lo que piensan y quieren los jóvenes han proliferado en los medios, a menudo con líneas o tonos exagerados. Pocas, muy pocas, aproximaciones ponderadas e informadas. Afortunadamente, existen estudios sistemáticos de diferentes grupos de investigación en distintas instituciones que han documentado el universo subjetivo de las juventudes, sus vidas cotidianas e itinerarios escolares.
La UNAM misma contaba con un activo Seminario de Investigación en Juventud (SIJ) con un amplio reconocimiento de sus pares, espacios de interlocución y múltiples publicaciones especializadas. Pero, desde finales del año pasado, cuando cambió el equipo del Seminario, ni publicaciones en línea ni nada; su página electrónica tiene meses con la leyenda “sitio en transformación”.
Los jóvenes han sido un persistente desafío para la autoridad y también los primeros en registrar los grandes cambios sociales. Algunas veces con expresiones dispersas; otras, como lo atestiguan distintos gobiernos nacionales, con irrupciones masivas e incontenibles en el espacio público y demandas inaplazables.
La población de todas las edades, en cualquier lugar del mundo, ha experimentado el nuevo orden geopolítico, el confinamiento por la pandemia más reciente, las guerras o su eco en distintas regiones o el perturbador avance de la inteligencia artificial, entre muchos otros cambios recientes. Pero, según nuestro rango de edad, las experiencias son diferentes.
¿Qué piensan los jóvenes, ese grupo de la población que está entre los 15 y los 29 años? En 2025, Alejandro Moreno publicó los resultados de encuestas de valores, que incluyen comparaciones entre cinco generaciones distintas en dos momentos (“La evolución cultural en México. Cuatro décadas de cambio de valores 1982-2023”). Las generaciones van de la posrevolución hasta la generación centennial (o generación Z), los que nacieron entre 1997 y 2013.
Los resultados son relevantes porque muestran los contrastes generacionales. Por ejemplo, cómo cambia la percepción sobre el mérito según el grupo de edad o el nivel de escolaridad (p. 121). O bien, las grandes diferencias valorativas respecto a la libertad de elección y el respeto a la diversidad de los más jóvenes, en comparación con la población de mayor edad (p. 199).
El acercamiento analítico a las coordenadas en las que se movilizan los jóvenes resulta imprescindible para comprender su actuación. Porque desde el exterior, una cierta visión sostiene que ya no les interesa la escuela como lugar de estudio y, en todo caso, buscan lo que necesitan en internet.
No obstante, los resultados de una encuesta que se presentó la semana pasada muestran que los jóvenes tienen una perspectiva muy positiva sobre la escuela, los profesores y los contenidos. Sí, contrariamente a lo que algunos sostienen, los estudios ocupan un lugar sobresaliente en sus aspiraciones.
La encuesta es la fuente de información más reciente, tiene representación nacional y fue auspiciada por la Fundación SM y el Observatorio de la Juventud en Iberoamérica (Informe Jóvenes en México 2026). Sus autores son José Antonio Pérez Islas –precisamente el anterior director del Seminario de Investigación en Juventud de la UNAM—, Enrique Pérez Reséndiz y Mónica Valdez González.
Por supuesto, la alta valoración de la escuela registra variaciones según el estrato económico al que pertenecen los jóvenes, el sexo, la edad o la región en la que viven los entrevistados. Pero, en términos generales, ocho de cada diez jóvenes afirman que les gustaría continuar estudiando.
La discusión tampoco está concluida. La encuesta incluye resultados preocupantes, como las causas del abandono escolar o la precariedad e inestabilidad de los empleos para los jóvenes.
En fin, el lector puede consultar las publicaciones mencionadas para mayor detalle, pero vale la pena traer a los jóvenes al centro de la discusión y reconocer los esfuerzos de los estudios ya realizados. La línea base no está en ceros.
Pie de página: ¿Una nueva narrativa para los Centros Públicos de Investigación? Aquí lo veremos. Atentos.
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