viernes, 11 de noviembre de 2016

Los servidores públicos y las vacantes de la política exterior

Alejandro Canales
UNAM-IISUE/SES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio No. 681. Noviembre 10, 2016. p. 5)

El Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME) se quedó otra vez sin directora y la Agencia Mexicana de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Amexcid) también estará igual a partir del mes próximo. Un caso no tiene nada que ver con el otro, salvo que ambos son órganos desconcentrados de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) y ejecutan parte de la política exterior del Estado mexicano. Una circunstancia que será relevante en el actual contexto de cambio de gobierno en los Estados Unidos.

Según lo reportó Excélsior, la renuncia de Eunice Rendón, hasta la semana pasada titular del IME, le fue solicitada por la Subsecretaría de América del Norte de la SRE y se debió a que “es una persona muy difícil para trabajar y tampoco hubo empatía con su jefe” (04.11.2016: 14). La funcionaria apenas había sido nombrada en marzo de este año, así que no cumplió ni siquiera un año.

Por su parte, María Eugenia Casar Pérez, todavía directora de la Amexcid, en este mes cumple un año justo en el puesto. En su caso, al parecer su renuncia se debe a motivos personales, aunque primero, el mismo diario, había indicado que era porque no tenia el respaldo de la canciller Claudia Ruiz Massieu.

El cambio de funcionarios en la estructura burocrática, inclusive los de primer nivel, no tiene nada de extraordinario, ocurre todo el tiempo. En una administración técnicamente racional, se supone que las posiciones son asignadas según expertise de quien las ocupará y la confianza del superior jerárquico. Generalmente, si no se demuestra una o se pierde la otra, viene la sustitución de la persona.

Sin embargo, lo cierto es que una buena parte de las posiciones en la administración pública están basadas más bien en los intercambios entre fuerzas políticas, en las relaciones afectivas o en la construcción artificial de carreras, cuando no en las relaciones familiares o en las complicidades. La justificación siempre es la misma: lo importante es la institución y los programas en marcha.

La improvisación en los nombramientos de los servidores públicos, prescindir de la experiencia o del conocimiento técnico sobre la materia, no puede llevar a buenos resultados. La representación de México en Unesco y el voto emitido, lo comentamos aquí hace algunas semanas, es uno de los episodios ilustrativos más recientes en el campo de la política exterior.

Ahora, a la plaza vacante de la misión permanente de México en Unesco, se suman las del IME y la de Amexcid. El Instituto fue creado en el sexenio de Vicente Fox, después de sucesivos programas desde los años noventa, para atender a los mexicanos que viven y trabajan en el exterior, especialmente los casi 12 millones de compatriotas que se localizan en Estados Unidos.

El IME coordina algunos programas de educación, salud y asistencia financiera. Por ejemplo, el de becas para jóvenes y adultos mexicanos en el exterior para que puedan continuar sus estudios de nivel medio o superior. O bien, para que aquello que no han concluido su educación básica lo hagan a través de las plazas comunitarias instaladas en Estados Unidos. Se supone que el IME tiene responsables en los 50 consulados en la unión americana. No es poca cosa.

A su vez, la Amexcid es una organización formalizada más recientemente, al comienzo de la década actual, junto con la ley de cooperación internacional para el desarrollo, y tiene como misión coordinar, planear y evaluar iniciativas de cooperación internacional para el desarrollo en materia educativa, cultural, científica, turística y económica.

Es claro que los distintos órganos de la SRE comparten obligaciones en la ejecución de la política exterior. Pero la titular de la Secretaria, por la cadena de mando, es la que ocupa la primera posición y la que concentra la mayor responsabilidad. Tal vez, por la misma razón, la canciller Claudia Ruiz Massieu tuvo que aceptar los costos de la desafortunada decisión de invitar a México al candidato republicano Donald Trump.

La canciller compareció ante el Senado la semana pasada y escuchó los reclamos de distintos legisladores. Por ejemplo, el senador Zoé Robledo le espetó: “¿Ese 25 de agosto, cuando se envió la carta a Donald Trump, si usted no sabía que lo iban a invitar entonces alguien estaba tomando sus decisiones? Si usted sabía y estuvo de acuerdo de que Trump viniera a México; entonces, es igual de responsable que los funcionarios que ya han renunciado”. A lo que respondió que sí tuvo conocimiento, la secretaría entregó las cartas de invitación y consideró que el diálogo “se antoja y antojaba más necesario” (03.11.2016).

En fin, tanto en el desempeño de los actuales servidores públicos como para los nombramientos que están por realizarse, no puede repetirse la improvisación o persistir en los mismos errores y hacer como si nada ocurriera.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Desfondadas las sociedades del conocimiento

Alejandro Canales
UNAM-IISUE/SES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio No. 680. Noviembre 3, 2016. p. 10-11)

Algo de incomprensible y paradójico tiene lo que ocurre en algunas de las regiones con mayores dificultades para crecer económicamente. Ahí es donde circuló tardíamente con mayor insistencia la idea de sociedad (o sociedades) del conocimiento, pero también donde más rápido se truncó la tendencia a incrementar la inversión en la actividad científica y tecnológica.

En algunas naciones, todavía la retórica gubernamental habla de sociedades que deben fincar su progreso en el conocimiento, la innovación y una alta escolarización de su población, más que en sus recursos naturales, materias primas o fuerza de trabajo con bajas calificaciones. Sin embargo, ya evitan una mención explícita a la búsqueda de la sociedad del conocimiento como la ideología y el objetivo que comanda sus decisiones.

Seguramente, en los discursos, es difícil una utilización reiterada del concepto cuando la realidad muestra lo contrario. El indicador sobre gasto en ciencia y tecnología en la región latinoamericana es particularmente ilustrativo de lo que está ocurriendo y, más grave, de las perspectivas que podrían adoptar en el corto plazo.

En el caso de México, usted lo debe recordar muy bien, la actual administración, al comienzo de su gestión, sorprendió por su capacidad para lograr acuerdos políticos que rápidamente se plasmaron en documentos para poner en marcha las grandes reformas estructurales. Además, al ejecutivo federal le precedía el registro de más de dos centenares de compromisos que había adquirido con los ciudadanos en los tiempos de campaña. El panorama era promisorio y parecía configurar eso que se llamó el “Mexican Moment”. No lo fue o pasó tan fugazmente que ni hubo tiempo para notarlo.  

Los antecedentes tienen importancia porque cuando se presentó el Programa Especial de Ciencia, Tecnología e Innovación (Peciti), el director de Conacyt, Enrique Cabrero dijo: “Un diagnóstico objetivo nos lleva a reconocer que México ha llegado tarde a la sociedad del conocimiento. Sin embargo, hoy atraviesa por un contexto favorable y sin precedentes en la materia, lo cual lo pone en condiciones de afrontar el reto y lograr hacer del desarrollo científico, tecnológico y la innovación, pilares para el progreso económico y social sostenible”.

Y pues sí, en ese entonces las condiciones eran muy otras y el impulso a la actividad científica y tecnológica parecía largo e inminente. No era fortuito que el primer objetivo del Peciti fuera precisamente llevar la inversión nacional en investigación científica y desarrollo tecnológico al uno por ciento del PIB. El argumento gubernamental fue que las naciones que ese nivel mínimo de inversión, habían “logrado un mejor desempeño económico y bienestar social” (p. 53).

El objetivo no era nada nuevo. Desde hace más de una década, cuando se modificó la ley de ciencia y tecnología para añadirle el artículo 9 Bis, se había elevado a rango de ley el nivel de monto que se proponía. Sin embargo, lo novedoso es que por fin parecía que ahora sí estaba por cumplirse lo que mandaba la ley.

El diseño del Plan Nacional de Desarrollo 2013 – 2018 había considerado rubros de articulación y estrategias transversales entre programas sectoriales, también en ellos se recuperó la idea de sociedad del conocimiento. Por ejemplo, en el programa sectorial de educación se planteó como sexto objetivo que habría de “impulsar la educación científica y tecnológica como elemento indispensable para la transformación de México en una sociedad del conocimiento” (p. 66). 

Sin embargo, apenas un par de años después, sobrevino, como todos hemos atestiguado, la desaceleración de la economía mundial, la caída en los precios del petróleo, la crisis política derivada de los recurrentes hechos de corrupción y los bajos niveles de aprobación a la gestión gubernamental. El panorama promisorio del “Mexican Moment” se disipó en un santiamén, sin cumplir, una vez más, las altas expectativas que había generado.

Un añadido más es que, después de un crecimiento sostenido en los tres años anteriores que perfilaban el cumplimiento del primer objetivo del Peciti, ahora el gobierno federal ha propuesto y enviado a los legisladores un proyecto de gasto para el 2017 con una disminución importante de los recursos para la actividad científica. A Conacyt le restan alrededor de 23 por ciento respecto de lo autorizado en este año y, seguramente, pese a lo manifestado por algunos diputados, la aprobación final del presupuesto no incluirá una rectificación.

Hoy es claro que, nuevamente, por las razones que sean, quedará incumplido lo que decía el programa gubernamental en lo referente al financiamiento. Lo mismo ocurrirá con el artículo 9 Bis. La justificación gubernamental es que el gobierno federal ha realizado el esfuerzo que le corresponde, pero no se ha visto acompañado por el sector privado en la parte que le toca. (Por cierto, siguen retrasadas las estadísticas oficiales al respecto).

Las promesas que no fueron y otras que podrían ser
El caso de México no es una excepción en la región latinoamericana. De hecho, dos de las naciones con los mejores indicadores en la materia, también enfrentan dificultades similares para lograr el respaldo gubernamental. Por ejemplo, Brasil gradúa al año más de 15 mil doctores (casi el triple que México) y contaba con una inversión de 1.2 por ciento respecto al PIB en investigación científica y desarrollo tecnológico (más del doble que México). Era el gigante de América Latina y una promesa que estaba a punto de confirmarse, al menos eso se pensaba hasta hace muy poco.

Sin embargo, la crisis política más reciente que experimentó Brasil lo están llevando por otro camino. En mayo de este año, con la destitución de la anterior mandataria, Dilma Rousseff, y el inicio del interinato de Michel Temer, se hicieron modificaciones mayores a la estructura administrativa de regulación de la ciencia y la tecnología y al volumen de gasto.

El gobierno interino de Temer decidió que, para racionalizar los recursos públicos, lo mejor sería fusionar el hasta entonces Ministerio de ciencia y tecnología con el Ministerio de telecomunicaciones. Una acción que provocó una manifiesta inconformidad de las organizaciones científicas brasileñas, pero no varió la posición gubernamental.

Además, a los recortes realizados en el presupuesto para la actividad científica y tecnológica brasileña durante el primer semestre de este año, se sumó que el presupuesto volvería a diminuir para el 2017. El mes anterior, el portal de noticias Scidev.Net reportó que el presupuesto para el año próximo del nuevo Ministerio de ciencia, tecnología, innovación y comunicaciones será de un mil 600 millones de dólares. Una cifra de poco más de la mitad de lo destinado en 2013, aunque supera por 400 millones de dólares a la recibida el año pasado (scidev.net/america-latina).

El caso de Argentina, con poco más de dos mil graduados anualmente de doctorado  en el 2014 (cantidad que es menos de la mitad de los graduados en México) y una inversión en investigación científica y desarrollo tecnológico de 0.59 por ciento, respecto al PIB (nivel ligeramente superior al de México), también tiene condiciones adversas.

El mismo portal de noticias referido anteriormente, al comienzo de este mes, informó que para el 2017 es posible una reducción de hasta 35 por ciento en el presupuesto para la actividad científica. Al igual que en México, el mandatario argentino se había comprometido a tratar de alcanzar una inversión el 1.5 por ciento, respecto al PIB. No obstante, parece que en lugar de aproximarse gradualmente, está ocurriendo exactamente l contrario.

Las repercusiones de una caída en el gasto en materia de investigación y desarrollo experimental es más que una aparente renuncia a esa inasible e incomprendida noción de sociedad del conocimiento. El instituto de estadísticas de Unesco (www.uis.unesco.org), con la idea de ofrecer elementos que permitan valorar los avances en el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), recientemente ha puesto a disposición pública una herramienta para conocer, por países, las cifras comparativas de los niveles de inversión y el aumento en el número de investigadores, bajo el supuesto de que la innovación es clave para alcanzar el desarrollo sostenible.

Según los datos de Unesco, las primeras posiciones en el nivel de inversión en investigación científica y desarrollo experimental, como proporción del PIB, la ocupan: Corea (4.3 por ciento), Israel (4.1 por ciento), Japón (3.6 por ciento), Finlandia (3.2 por ciento) y Suecia (3.2 por ciento). Estas son las naciones que encabezan la lista mundial y que seguramente ocuparán un lugar todavía más relevante en el corto plazo. Desde luego, como lo hace notar el mismo organismo internacional y como usted lo puede apreciar, estrictamente no son las grandes potencias que siempre aparecen, como Estados Unidos o Alemania. Estas últimas figurarían solamente si se considera el gasto absoluto.

El caso que también vale la pena tener en cuenta es el de China. A pesar de que su nivel de inversión en el sector, como proporción del PIB, es de dos por ciento, si se considera su promedio anual de crecimiento se advierte que es 13 veces mayor que la media del resto de países de ingresos medios. O sea que, si conserva el ritmo de crecimiento, en algún momento, podría alcanzar las primeras posiciones.

Tal vez el dato preocupante es que los flujos de inversión y de formación de investigadores se está desplazando gradual y sistemáticamente en las distintas regiones con fuertes implicaciones para el futuro. Sin embargo, muchos gobernantes, atenazados por la inmediatez, los rezagos inveterados, la estrechez de recursos y las sucesivas crisis políticas que enfrentan, se disponen solamente  a sortear de la mejor forma posible el presente.

México en la UNESCO ¿Un doble papel o qué hace?

Alejandro Canales
UNAM-IISUE/SES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio No. 679. Octubre 27, 2016. p. 5)

No vale la pena insistir en la actuación o motivaciones de Andrés Roemer, el ex representante de México ante la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), en el más reciente y confuso episodio de la diplomacia mexicana. Sin embargo, sí conviene recordar que la misión permanente de México está vacante.

Es posible que la misión permanente –así se llama la representación ante organismos internacionales-- siga sin nombramiento por un tiempo prolongado o incluso que no haya ninguna designación especial. En el primer caso, por el sinuoso camino de meses o incluso un año que va de la propuesta del gobierno federal a la aprobación en el Senado y de éste a la presentación protocolaria en el organismo internacional. Considérese que el nombramiento de Roemer comenzó al inicio del año y hasta el primero de agosto presentó sus cartas credenciales.

También la misión permanente puede no ser tal. De hecho, es lo más probable que ocurra. ¿Por qué? En primer lugar, no sería la primera vez que sucediera. Al comienzo de esta década, en el periodo de Felipe Calderón, se cerró la representación. ¿El motivo? El argumento público y principal fue que se necesitaba mayor eficiencia en el uso de los recursos financieros y no duplicar funciones de su personal del servicio exterior. Y eso que, en ese entonces, el panorama económico y financiero no estaba amenazado por los negros nubarrones del recorte como sí lo está hoy.

Por cierto, la Secretaría de Relaciones Exteriores es una de las cuatro secretarías de menor volumen (las otras tres son Energía, Trabajo y Turismo), su presupuesto es relativamente modesto (7.8 miles de millones en este año) y fue de las menos afectadas en el proyecto de presupuesto de egresos para el año próximo, solamente disminuirá 1.6 por ciento, en términos corrientes, respecto de lo autorizado en este año. Nada, si lo comparamos con los cientos o miles de millones que le restarán a otras secretarías.

En Francia, México sostiene una embajada –que es la representación ante el gobierno de ese país-- y la misión permanente ante Unesco, el gobierno federal del sexenio anterior decidió que un mismo embajador podía realizar ambas tareas. Algunos personajes públicos se pronunciaron en contra, los legisladores también se opusieron, argumentando que no era tan costosa y, en cambio sí muy necesaria. La decisión se mantuvo.

Si el actual gobierno federal nombra un nuevo representante ante Unesco --después de todo es el mismo que, hace tres años, decidió que México debía tenerlo--, convendría recordar la responsabilidad que le corresponde al Senado en la designación. Los nombramientos son realizados por el ejecutivo federal, pero la cámara alta debe ratificarlos y, en su caso, rectificarlos. No solamente. Por mandato constitucional le corresponde, como función exclusiva, analizar la política exterior desarrollada por el ejecutivo federal.

El Senado comparte la responsabilidad en los nombramientos diplomáticos. Todos los nombres y trayectorias de posibles embajadores y cónsules, así sean los más prestigiosos o los más impresentables, deben pasar por las curules de los senadores. Sin embargo, por la composición parlamentaria, el cabildeo entre gobierno federal y senadores reacios, los intercambios entre fuerzas políticas o la simple negligencia de los legisladores, los nombramientos son cosa de oficialía de partes. No nos sorprendamos de los resultados de la política exterior.

¿Qué hizo la representación de Unesco en el último año? Participó para que México fuera sede de una conferencia internacional sobre Ciudades del Aprendizaje e inscribió tres nominaciones en el Registro Internacional de la Memoria del Mundo (el juicio de amparo, la obra de Fray Bernardino de Sahagún y el Archivo Municipal de Puebla).

También logró que se recomendará la creación en Chiapas del Centro Regional de Formación e Investigación Avanzadas en Física, Matemáticas, Energía y Medio ambiente, así como la inscripción del Archipiélago de Revillagigedo en la lista del Patrimonio Mundial. Y, claro, asistir a algunas sesiones del comité ejecutivo, incluyendo la número 200, la del polémico punto 25 de Palestina ocupada y el voto de México a favor.

Lo sorprendente es que desde abril de este año, con excepción de la reciente sesión del comité ejecutivo, la número 200, la misión permanente había estado en una especie de limbo o transición, porque el anterior representante, Porfirio Thierry Muñoz Ledo, fue propuesto para ocupar el consulado de Toronto, Canadá, y el recién nombrado entregó sus cartas credenciales en agosto pasado.

En fin, en el conjunto de organismos multilaterales, no hay duda de que el papel y posición de la Unesco es relevante. “París bien vale una misa”, pero el de la grey por lo menos debe ser capaz. Si no fuera el caso o hay duda, preferible es regresar al doble papel del embajador en Francia.

viernes, 21 de octubre de 2016

UNESCO Una frágil y breve representación

Alejandro Canales
UNAM-IISUE/SES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio No. 678. Octubre 20, 2016. p. 5)

Una sola prueba fue suficiente para mostrar las limitaciones de Andrés Roemer, el ahora exrepresentante de México, embajador extraordinario y plenipotenciario –así es el nombramiento oficial— ante la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura” (UNESCO). A las primeras interrogantes ofuscadas sobre el sentido del voto de México, en la reciente reunión del comité ejecutivo del organismo, Roemer rápidamente reaccionó en Twitter y dijo que el voto fue de México, no era un voto personal. También rápidamente se fue de las redes sociales y de la misión permanente.

Andrés Roemer, ante la presión creciente de las críticas por el voto a favor de México, especialmente de la comunidad judía, al día siguiente intentó apaciguarlas con un tuit en el que aclaraba que él abandonó la sesión al momento de la votación. Simplemente incomprensible. La Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) tuvo que emitir un comunicado para precisar algunos puntos de la posición y, entre ellos, anotó que llamaría a “consultas a su embajador ante la UNESCO para que rinda un informe detallado sobre el voto de México” (No. 458. 14.10.2016).

Tres días después, la SRE emitió un nuevo comunicado para anunciar que cambiaba su voto y para dar por concluida la titularidad de Andrés Roemer (No. 461. 17.10.2016). Una rectificación inevitable. La posición de la cancillería mexicana ya había sido puesta en entredicho por los pares del gabinete hace poco más de un mes y volvía a esa posición incómoda, ahora por un subordinado. Era un exceso.

En el affaire de la fatídica visita de Donald Trump a México, al final de agosto, la última persona en enterarse fue precisamente la secretaria Claudia Ruiz Massieu, la persona que debió ser la primera en estar al tanto y conducir la reunión. Sin embargo, en la víspera del encuentro, la canciller estaba en Wisconsin, Estados Unidos, inaugurando un consulado. Al parecer, ni ella ni el embajador de México en Estados Unidos sabían de la visita del candidato republicano.

Los diplomáticos del servicio exterior son representantes del Estado mexicano y, como lo dice la Ley del Servicio Exterior Mexicano, son responsables de “ejecutar la política exterior de México”, conforme la Constitución, lo que disponga el ejecutivo federal y la Secretaría de Relaciones Exteriores. Desde luego, deben informar a la Secretaría de todas las actividades que se desarrollen y “normarán su conducta por las instrucciones que reciban de la propia Secretaría” (segunda fracción del artículo 43).

Si la instrucción para Andrés Roemer fue votar a favor y él estaba en desacuerdo, fuera por lo que fuera, seguramente tuvo tiempo de sobra para argumentar y convencer a la cancillería de lo contrario. Las votaciones en los organismos internacionales no se improvisan. No pudo o ni siquiera lo intentó; mal lo primero y mucho peor lo segundo. Todavía le quedaba, por dignidad, congruencia o principios, negarse a la representación. Y, claro, renunciar al cargo, como en su momento lo han hecho tantos diplomáticos.

Pero no, Roemer optó por ausentarse de la sesión para no votar. Grave. Seguramente pensando que así no desobedecía la instrucción ni tampoco quedaba mal con sus correligionarios. Logró el efecto contrario. La SRE informó que entre las causales para dar por concluida la representación fueron: no informó diligente y detalladamente sobre el contexto de la votación; informó a otros representantes de gobierno el sentido de su voto; e hizo públicos documentos oficiales.

Así fue. No solamente dijo que abandonó la sesión en el momento de la votación, como prueba tuiteó indebidamente una carta de agradecimiento del embajador de Israel, Carmel Shama, fechada el 14 de octubre, en donde le reconoce haberse ausentado para evitar el voto en contra de su conciencia. Claro, dos días después, borró todos los tuits que había escrito. Demasiado tarde.

Andrés Roemer no es un diplomático de carrera. Sin embargo, ni para el consulado ni para la representación permanente, tampoco para el Senado, hubo mayores explicaciones ni requerimiento de méritos. El primer nombramiento de Roemer en el servicio exterior fue como cónsul en San Francisco en el 2013 y ocurrió cuando José Antonio Meade era secretario de Relaciones Exteriores. La propuesta para que ocupara la misión permanente de México en UNESCO sí fue realizada por la actual canciller Claudia Ruiz y apenas, al comienzo de agosto, el exrepresentante había presentado sus cartas credenciales en París. Una representación de poco más de dos meses.

En marzo de este año, cuando fue presentada la propuesta de Roemer en el Senado y el periódico San Francisco Chronicle decía que sus admiradores lo catalogaban como un “hombre del Renacimiento” (14.07.2014), aquí dijimos que no se necesitaba un renacentista, sino una verdadera representación de Estado, alguien que “atienda y entienda la misión de la oficina y su relevancia” (CampusMilenio No. 648). Claramente no la entendió. No era un hombre renacentista, en todo caso fue “un hombre breve”.

¿Necesitamos Laboratorios Nacionales? Un cambio oportuno en las formas de investigación

Alejandro Canales
UNAM-ISSUE/SES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio No. 677. Octubre 13, 2016. p. 5)

La semana pasada, en el Instituto Nacional de Administración Pública (Inap), pero el español, no el mexicano, presentaron el Laboratorio de Gobierno para la Innovación Pública en Iberoamérica (NovaGob.Lab). Otro laboratorio de políticas públicas. Ahora como  iniciativa de la Fundación de la Universidad Autónoma de Madrid, la cual primero impulsó una red social (NovaGob).

El director de NovaGob.Lab, Juan Ignacio Criado, dijo que la intención es que el Laboratorio sea un espacio de convergencia entre el conocimiento en el terreno de la gestión pública y las políticas para “apoyar a las organizaciones públicas en la búsqueda de soluciones innovadoras mediante una metodología abierta y colaborativa”.  Es decir, buscar que la investigación, el desarrollo experimental y la innovación, mejoren las prácticas de la administración pública.

En el caso de México, al final de noviembre del año pasado, como aquí mismo quedó registrado (Campus Milenio No. 635), también se presentó el Laboratorio Nacional de Políticas Públicas (LNPP). Un proyecto similar, igualmente alentado por una institución educativa, el Centro de Investigación y Docencia Económicas (Cide), desde los tiempos en que el actual director de Conacyt, Enrique Cabrero, ocupó la dirección de aquel.

El LNPP, respaldado por el Cide y hospedado en esa misma institución, contaría con infraestructura e instalaciones propias. Un resultado de las convocatorias de Conacyt para establecer o crear laboratorios nacionales. Ahí también tuvo cabida el financiamiento para el “Laboratorio Nacional de Ciencias de la Complejidad de la UNAM”. 

Claro, al comienzo de esta administración e incluso todavía en diciembre del año pasado, aunque ya se había realizado un primer recorte al Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF) del 2015 y se avizoraban otros por venir, aún parecía firme la intención de alcanzar el uno por ciento respeto al PIB en inversión sectorial y no se veía la gravedad del panorama fiscal que hoy se anuncia.

Desde que se presentó el LNPP se dijo que sería un espacio para simular intervenciones gubernamentales en la solución de problemas públicos. Un laboratorio nacional de las ciencias sociales con grandes bases de datos, el denominado Big Data, con información que permitiera mejorar, evaluar o incluso diseñar políticas públicas.

Es una intención relativamente similar a la de The GovLab de la Universidad de Nueva York, un proyecto que funciona desde el 2013 y se dedica a incrementar el uso y disponibilidad de datos abiertos (Open Data), con lo que busca fortalecer la capacidad de instituciones gubernamentales y no gubernamentales, así como de personas, para trabajar abierta y efectivamente en la toma de decisiones y en la solución de problemas públicos. El laboratorio español también tiene una finalidad parecida.

En América Latina, la presidenta chilena, Michelle Bachelet, puso en marcha en 2015 lo que llamó “Laboratorio de Gobierno”. A diferencia de los casos anteriores, la iniciativa se localiza en la estructura gubernamental, integrado por personal de ministerios de su gobierno y algunos miembros de la sociedad civil, con la misión de “desarrollar, facilitar y promover procesos de innovación centrado en los usuarios dentro de las instituciones del Estado chileno” (lab.gob.cl).

Los laboratorios nacionales clásicos tienen una larga tradición en las ciencias biológicas, químicas, matemáticas, física e ingenierías. Asociados a la experimentación controlada y a la investigación especializada en uno o varios campos de conocimiento. Sin embargo, menos común ha sido la idea de laboratorio nacional (como espacio cerrado, bajo control y con dispositivos especiales para la experimentación de gran alcance) en las ciencias sociales y más concebido como cualquier espacio social en el que se produce conocimiento. Precisamente porque lo que está bajo estudio o comprensión trascurre en escenarios o laboratorios “naturales”.

Entonces: ¿las actividades gubernamentales o los científicos sociales se quieren parecer a los científicos naturales? o ¿estamos ante un cambio profundo en las formas y ritmos de trabajo científico? Un poco lo primero, pero todo parece indicar que es fundamentalmente lo segundo. La acumulación de datos de muy diversa naturaleza, los dispositivos tecnológicos al alcance, los enfoques transdisciplinarios, las herramientas de procesamiento de información, los resultados bajo demanda, la rendición de cuentas y las presiones para la eficacia y la eficiencia del conocimiento producido, están cambiando la idea de laboratorio para las ciencias sociales.

Solamente piense en lo perturbador que resultó la revelación de que Facebook había manipulado el algoritmo de selección del tipo de noticias en las cuentas de sus usuarios para observar si había un “contagio emocional” y las reacciones que provocaba.

Sí, no hay duda, necesitamos laboratorios nacionales, pero el asunto tiene sus implicaciones. No es solamente cosa de un mayor número o de un cambio de términos. Volveremos al tema.

INEA ¿Un millón y medio de certificados?

Alejandro Canales
UNAM-IISUE/SES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio No. 676. Octubre 6, 2016. p. 5)

La idea de erradicar el rezago educativo forma parte de las prioridades indelebles de cada administración gubernamental. Aunque, en las líneas de acción del actual programa sectorial y su anotación de “cruzada nacional”, no figuraron estrategias novedosas ni parecía estar claro cómo habría de conseguirse.

Apenas, hace poco más de un año, en mayo de 2015, se publicó el programa institucional del Instituto Nacional de Educación para los Adultos (INEA): “Programa de Alfabetización y Abatimiento del Rezago Educativo 2014-2018”. Ahí se anotó que, en caso de no intervenir, un volumen importante de personas se sumaría a las cifras del rezago, por lo que se propuso, para el final de esta administración, reducir en 50 por ciento el índice de analfabetismo y en cinco puntos porcentuales el rezago educativo.

Las metas planteadas demandaban un esfuerzo importante, principalmente en materia de alfabetización. Los datos del censo del 2010, por primera vez en décadas y antes de cualquier programa de esta administración, mostraron una tendencia a la baja en la estimación del rezago. Es decir, tanto por la dinámica demográfica como por los programas instrumentados a lo largo del tiempo, el rezago parecía comenzar a ceder. Sin embargo, con todo, el volumen del rezago era y es muy relevante.

Según las cifras del censo de población del 2010, para ese año el número de personas que se encontraban en situación de rezago educativo sumaban 31.9 millones. De ese total, 5.4 millones no sabían leer ni escribir (mayormente mujeres e indígenas), 10 millones no habían concluido su educación primaria y otros 16.4 millones no terminaron la secundaria. En ese mismo año, en el sistema escolarizado, estaban matriculados 25.6 millones de niños y adolescentes en educación básica. Esto es, las personas analfabetas o que no concluyeron su educación básica eran más que el total de inscritos en el sistema escolar en ese nivel. Nada menos.

El Programa para abatir el rezago, para efectos prácticos, se proponía sacar del rezago a alrededor de cinco millones de personas en el transcurso de esta administración. Es decir, alfabetizar a 2.2 millones de personas (el índice de analfabetismo en los mayores de 15 años pasaría de 6 por ciento a 3.4 por ciento) y que otra cantidad relativamente similar concluyera su educación primaria o secundaria (el índice iría de 37.6 por ciento a 32.9 por ciento en el mismo grupo de edad).

Tómese en consideración que el INEA ha logrado que cada año, como promedio y desde su creación, casi 700 mil personas abandonen las filas del rezago educativo. La actual administración se proponía incrementar la cifra a alrededor de 900 mil o un millón.

El reto parecía mayor porque, a pesar de que el programa especial contenía un número importante de estrategias y líneas de acción para alcanzar su meta, en las que solicitaba apoyo de diferentes dependencias y el reforzamiento de distintos programas en marcha, no resaltaban formas novedosas de atención.

Sin embargo, en marzo de este año, como aquí mismo lo comentamos (CampusMilenio No. 649), se dio a conocer otra línea de acción: el Programa Especial de Certificación (PEC). Un programa dirigido a reconocer saberes en las personas mayores de 15 años que no habían concluido su educación básica y que, en su caso, podrían acreditar y certificar.

El dato sorprendente es que, la semana pasada, con motivo del aniversario del INEA, el presidente Enrique Peña Nieto y el secretario de Educación, en el Estado de México, encabezaron una ceremonia para celebrar la entrega del certificado “un millón y medio”. Es decir, pareciera que la cifra no solamente se incrementó, el promedio anual más que se duplicó. Incluso Peña Nieto dijo que la meta será entregar 6 millones de certificados. Pero ¿todos los certificados fueron o serán otorgados a través del PEC?

En sus discursos, ni el secretario ni el presidente especificaron la procedencia del certificado. De hecho, la información oficial de la presidencia es errónea, dice que “se estaría certificando, en esta administración, el 60 por ciento de lo que se certificó en 35 años de historia del INEA”. Incorrecto. A la fecha, el organismo ha certificado poco menos de 30 millones de personas y, de ellos, alfabetizó a poco más de 12 millones.

De cualquier forma, el incremento sí es importante. Los datos del más reciente informe de gobierno dicen que a través del PEC se lograron un total de “640 mil 473 conclusiones de nivel”. Además, añade que 1.5 millones de personas (en cifras redondas) “concluyeron satisfactoriamente un nivel educativo durante septiembre de 2015 y agosto de 2016” (p. 367).

En resumidas cuentas, los números sobre el rezago educativo se están moviendo muy velozmente en un periodo muy corto. Queda por ver si corresponden a una efectiva adquisición de competencias educativas y si las bases de cálculo son correctas. Lo veremos.

CdMx “Desaparezca esta Secretaría y a los Institutos de Juventud y Deporte”

Alejandro Canales
UNAM-IISUE/SES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio No. 675. Septiembre 29, 2016. p. 6)

La Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Ciudad de México (Seciti) es relativamente nueva en la estructura gubernamental capitalina. La ley que precisó sus funciones es del 29 de enero de 2013, más o menos lo que va de la actual administración de Miguel Ángel Mancera. Sin embargo, pese al escaso tiempo de operación, las confrontaciones revelan sus fisuras.

En la reciente entrega del 4to informe de gobierno de la administración capitalina, ceremonia realizada el pasado 17 de septiembre en la Asamblea Legislativa y a la que sí acude el jefe de gobierno, representantes de las diferentes fracciones representadas en el recinto realizan lo que llaman fijar su posición frente al informe.

Uno de los posicionamientos le correspondió al diputado Israel Betanzos Cortés, es uno de los ocho diputados que tiene la fracción del PRI en la Asamblea (Morena cuenta con 20 diputados y es el grupo mayoritario). Primero, el diputado Betanzos resaltó logros, programas exitosos del gobierno capitalino, los acuerdos con el gobierno federal y algunas de las dependencias que, a su juicio, han realizado un buen trabajo, como la de Gobierno, Movilidad, Procuraduría y Salud, entre otras.

Luego, el diputado Betanzos enumeró las que han fallado, como la de Medio Ambiente, Sistema de Aguas, Economía y otras más. Y peor, las que de plano deben desaparecer. En este caso coloco a la Seciti, la cual, dijo, debió ser responsable del programa de fotomultas, pero ni siquiera se le consideró. Añadió, dirigiéndose al jefe de gobierno: “Desaparezca esta Secretaría y a los Institutos de Juventud y Deporte, que son actividades que merecen una mayor atención, intégrelos a otra Secretaría, así tendrá un ahorro aproximado de 1 mil 400 millones de pesos”.

El contexto de los informes de gobierno, sea a nivel local o federal, es particularmente propicio para que afloren las diferencias entre los grupos parlamentarios, para la confrontación ríspida, pero también para acuerdos relativos sobre el desempeño de las tareas de gobierno y la calificación de algunos programas. Los posicionamientos de los partidos pueden ser ocurrencias o no, pueden estar más o menos argumentados, pero sin duda representan la posición institucional de esa fracción y tienen la capacidad de actuar en consecuencia. No debe ser tomado a la ligera, menos cuando los recursos financieros son escasos.

La Seciti –por cierto, en la ley sigue apareciendo que es del Distrito Federal, no de la Ciudad de México— sustituyó al anterior Instituto de Ciencia y Tecnología capitalino (creado en junio de  2007). La estructura de este último, se dijo en su momento, era incapaz de hacer frente a los retos de vinculación entre gobierno, sector académico y sociedad; tampoco, se agregó, estaba en condiciones de convertir a la ciencia y a la tecnología en el motor de la Ciudad.

Así que en la Ley de Ciencia, Tecnología e Innovación, quedó consignado que a la Seciti le correspondería “diseñar y normar las políticas inherentes al estudio y desarrollo de la ciencia, tecnología e innovación en la ciudad, así como impulsar, desarrollar y coordinar todo tipo actividades relacionadas con la ciencia. Las funciones y actividades de la Secretaría están orientadas a impulsar un mayor crecimiento económico y académico del Distrito Federal a través del estudio y desarrollo científico productivo” (artículo 7). Y esa encomienda principal fue desagregada en una treintena de funciones específicas.

¿Una misión fácil, compleja o difícil? La CdMx, después de todo, concentra las mayor oferta educativa, una gran actividad productiva y de las mejores capacidades científicas y tecnológicas de la nación. La entidad ocupa el primer lugar en promedio de escolaridad, también en cobertura en educación básica, media superior y superior; es la de mayor aportación al PIB nacional, concentra instituciones educativas de alto prestigio y alrededor de la mitad de los investigadores nacionales. Planear en estas circunstancias parece un día de campo.

Sin embargo, a los grandes y conocidos problemas de la metrópoli, sumémosle que, como lo hemos reiterado, el gobierno local no tiene bajo su responsabilidad los servicios de educación básica y normal, tampoco controla, ni normativa ni presupuestalmente, los planteles de media superior que no pertenecen al IEMS, ni a las instituciones federales o autónomas, ni a los investigadores nacionales y tampoco a los centros públicos de investigación. Así que el asunto ya no parece tan sencillo.

Entonces, ¿tiene razón o no el diputado Israel Betanzos Cortés? El titular de la Seciti, René Drucker, dijo: “No sabía que alguien había dicho algo así, pero es un ignorante, es una persona que no sabe lo que dice, son declaraciones bastante ignorantes" (Reforma 22.09.2016). En respuesta, el legislador pide hablar de resultados y se sostiene en su posición.  Todavía más, posteriormente el titular de la Seciti y el diputado Víctor Hugo Romo de la fracción del PRD, anunciaron que presentarán una propuesta de iniciativa de ley para que se destine al sector “por lo menos 1 por ciento del Presupuesto de Egresos de la CdMx” (Boletín 028).

Aunque es muy breve el tiempo que lleva en operación, vale la pena examinar con mayor detalle las actividades realizadas por la Seciti. No obstante, es sumamente aventurado dejar el juicio a la dinámica de los juegos legislativos, con sus intrigas y negociaciones.