jueves, 11 de abril de 2019

Autonomía. Tres décadas después

Alejandro Canales
UNAM-IISUE/PUEES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio No. 798. Abril 11, 2019. Pág. 5)

La búsqueda de autonomía se extiende en la historia misma de la institución universitaria y el debate asoma en la arena pública cada tanto, casi siempre anticipando una cambiante relación con el poder o para establecer nuevas reglas de juego. Ahora, otra vez parece configurarse la intención de un cambio, no sobre la base de interpretaciones de la norma vigente de la autonomía, como ocurrió hace tres décadas, más bien bajo la idea de cambiar la norma misma. Una diferencia notable.

En México, la ocasión más reciente de verificación de una extendida polémica sobre autonomía en el conjunto de universidades fue al final de los años ochenta y el comienzo de los noventa. Por supuesto, han existido fechas periódicas de conmemoración en las que adquiere alta visibilidad pública, también cuando se elevó a rango constitucional hace casi cuarenta años o en el 2009 cuando se pronunció la Suprema Corte. Sin embargo, fue hace casi tres décadas cuando operó un giro en la relación entre las universidades y el Estado.

El contexto de aquellos años fue un amplio reproche sobre el desempeño de la universidad pública. Ahí comenzaron las acusaciones sobre su ineficiencia, los magros resultados, el alto costo de su sostenimiento, las formas de gestión, el comportamiento dispendioso en el que incurrían y, muy especialmente, un señalamiento generalizado sobre la baja calidad del conjunto institucional.

El tema de la calidad ocupó el primer lugar en los imperativos de transformación de las instituciones universitarias en México y también era uno de los puntos que encabezaban la agenda internacional de los sistemas educativos. Además, a la visión sombría de la educación universitaria en el sector público, se le opuso un efectivo panorama del sector particular, su mejor desempeño y también cobró impulso su expansión.

Por cierto, muy pocas evidencias se ofrecieron sobre las muy variadas acusaciones hacia la universidad pública, pero en la percepción pública quedó instalada la imagen de universidades públicas opacas, pesadas, ineficaces, egresados con preparación profesional deficiente y muy escasas expectativas sobre su desempeño.

Tal vez una de las pocas evaluaciones de la educación superior en México y especialmente de las universidades públicas, en aquel entonces, fue la realizada por el Council for Educational Development. La evaluación fue a solicitud de Manuel Bartlett Díaz, entonces secretario de Educación Pública –y hoy director de la Comisión Federal de Eletricidad—y el equipo lo encabezó Phillip Coombs, por eso el documento que presentaron se le conoció como el Informe Coombs .

El tema de la “dirección y administración” de las universidades fue uno más de la docena que destacaron en la evaluación de aquel entonces y ahí mereció especial mención el punto de los “límites de la autonomía”. En el informe hicieron notar el exceso de facultades discrecionales en la administración de las universidades, la cual se había complicado más por una interpretación extrema de la autonomía.

En consecuencia, se anotó en el reporte, la autonomía tiene límites e impone deberes y responsabilidades, “porque la autonomía nunca es total”. Por ejemplo, indicaron, las universidades tienen la obligación de hacer un uso eficiente de los recursos públicos, así como transparentar de qué forma los utilizan y cómo se planea hacerlo en el futuro. No cambió la norma constitucional, pero desde entonces las universidades, si recibirían recursos públicos, debían justificarse con base en sus resultados e ingresar a un esquema de rendición de cuentas. Lo hicieron.

Ahora, sin embargo, parece estar en juego la normatividad misma sobre autonomía. Primero fue la eliminación de la fracción VII del artículo 3º constitucional vigente, donde se establece el sentido de la autonomía universitaria, en la iniciativa de reforma que envió el ejecutivo federal a la Cámara de Diputados el 12 de diciembre del año pasado. Fue un error que se enmendará, dijon legisladores y autoridades educativas. El dictamen recuperó la fracción, pero la iniciativa sigue en suspenso y la duda quedó sembrada.

Recientemente, otras universidades públicas autónomas como la de Baja California Sur y Estado de México, y más antes las de Hidalgo y Veracruz, han expresado su inconformidad porque sus respectivos congresos o autoridades locales intentan, o han buscado, modificar las leyes orgánicas que las rigen sin considerar su participación y contraviniendo los que establece el todavía vigente artículo 3º constitucional.

El asunto es si estamos ante el comienzo de un movimiento dirigido a modificar la autonomía universitaria estipulada en la Constitución o es solamente una escaramuza en el marco de próximas regulaciones en el sistema de educación superior.

Pie de página: El presupuesto para este año del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Innovación y Comunicaciones brasileño se reducirá casi a la mitad de lo que recibió el año pasado.

jueves, 4 de abril de 2019

La fracción V

Alejandro Canales
UNAM-IISUE/PUEES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio No. 797. Abril 4, 2019. Pág. 5)

La reforma de los artículos 3º, 31 y 73 constitucionales sigue en vilo, por lo menos así era hasta el lunes de esta semana. A pesar de que las comisiones de Educación y Puntos Constitucionales aprobaron el dictamen correspondiente el pasado 27 de marzo, el proyecto no se discute en el pleno porque se oponen rotundamente profesores de la CNTE.

En realidad, el rechazo no es generalizado a todos los componentes de la reforma. De hecho, la mayoría son más bien subestimados o aparecen de forma marginal en el debate público. Ahí no tiene relevancia el enfoque de derechos humanos e igualdad sustantiva que se plantea la reforma, tampoco el principio de inclusión, la interculturalidad, el mejoramiento de la educación, el desarrollo sostenible o el derecho a la ciencia y a gozar de los beneficios del desarrollo científico y sus aplicaciones. Sí, esto último como propone la fracción V del artículo 3º constitucional en el proyecto de dictamen.

La disputa se centra básicamente en dos aspectos: las características y funciones del organismo que estaría encargado de la coordinación del nuevo Sistema Nacional de Mejora Continua de la Educación y, muy especialmente, el dominio de las plazas docentes. Eso parece ser lo importante; lo demás es lo menos y ocuparan un lugar como quiera que sea.

Los profesores exigen eliminar cualquier mención a lo laboral en la reforma del artículo 3º, ser regulados solamente por el apartado B del artículo 123 constitucional y la correspondiente ley reglamentaria (capítulo II), para que siga operando el sistema de control y asignación de plazas previo a la reforma del 2013. El dictamen, por su parte, establece en el artículo 3º constitucional que la admisión, promoción y reconocimiento del personal docente será a través de procesos de selección.

Sin duda los aspectos en disputa son asuntos críticos por el efecto que pueden tener en el funcionamiento del sistema educativo nacional y en el control de las plazas. Una diferencia notable si el Estado es quien decide la asignación de las plazas o si comparte esa responsabilidad con el sindicato. Por ahora es difícil anticipar cómo se resolverá el problema y cuánto tiempo podría llevar.

El legislador Mario Delgado, presidente de la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados y coordinador de la fracción mayoritaria de Morena, ha dicho que el dictamen se llevará al pleno “hasta que se agote el diálogo con la CNTE y los grupos parlamentarios, y se llegue a un acuerdo con amplio consenso” (Boletín 1777. 01.04.2019). Así que no hay fecha.

Lo paradójico es que los asuntos en disputa eclipsaron el resto de componentes de la reforma en curso. Después de todo, el artículo 3° es el marco que regula lo correspondiente a la educación en México; ahí están los principios y las bases, es el precepto en donde se establecen los mecanismos y políticas que orientan la educación.

Por la misma razón, conviene no subestimar o soslayar los diferentes contenidos en la propuesta de reforma. El proyecto de decreto del artículo 3º incluye una modificación relevante a la actual fracción V, la cual podría significar un renovado impulso al desarrollo científico y tecnológico nacional.

La Constitución vigente, en el último renglón de la fracción V del artículo 3º, solamente menciona que el Estado “apoyará la investigación científica y tecnológica, y alentará el fortalecimiento y difusión de nuestra cultura”. A su vez, la fracción XXV del artículo 73 también señala la facultad del Congreso para legislar sobre las instituciones de investigación científica. Eso es todo.

Por su parte, en el proyecto de reforma que está por discutirse, se propone en la fracción V: “Toda persona tiene derecho a gozar de los beneficios del desarrollo de la ciencia y la innovación tecnológica. El Estado apoyará la investigación e innovación científica, humanística y tecnológica, y garantizará el acceso abierto a la información que derive de ella, para lo cual deberá proveer recursos y estímulos suficientes, conforme a las bases de coordinación, vinculación y participación que establezcan las leyes en la materia; además alentará el fortalecimiento y difusión de nuestra cultura”.

Una modificación que, plantea el dictamen, retoma diferentes propuestas que se han formulado en el Congreso, ofrece un marco para la ley secundaria y actualiza el marco jurídico mexicano conforme lo que establecen tratados internacionales como la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966.

Todo importa en la reforma en marcha, no solamente los grandes temas en disputa que generan controversia y acaparan la atención mediática.

Pie de página: No, tampoco se suspende el programa de Estímulo Fiscal a la Investigación y Desarrollo de Tecnología. El programa ya está en línea y tiene nuevas reglas.

jueves, 28 de marzo de 2019

Los Programas Nacionales Estratégicos

Alejandro Canales
UNAM-IISUE/PUEES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio No. 796. Marzo 28, 2019. Pág. 5)

Las principales iniciativas hacia el sistema nacional de ciencia y tecnología, todavía hasta mediados de los años noventa, se concentraban fundamentalmente en ampliar e impulsar las capacidades del sector. Sin embargo, al final de esa década y con el cambio de siglo, comenzó a formularse con mayor claridad, una cierta exigencia hacia ese mismo sistema para que mostrara explícitamente una mayor contribución para resolver los grandes problemas de la nación y para que sus resultados fueran visibles. Lo había mostrado antes, pero a partir de esas fechas comenzarían a formularse lineamientos para modificar la estructura de incentivos.

Desde entonces se han ensayado distintos esquemas y se han planteado diferentes formas para atender los imperativos e intentar orientar al sistema en su conjunto. En general, a lo largo del periodo, los requerimientos han sido cambiantes, con prioridades relativamente extensas, pero casi siempre efímeras y con resultados poco alentadores.

En el programa sectorial de Vicente Fox, se identificaron “áreas estratégicas de conocimiento” y eran aquellas que podían impactar en diferentes áreas de la administración pública y que presentaban una alta tasa de cambio científico y tecnológico. Entonces, se plantearon cinco áreas estratégicas: información y comunicaciones; biotecnología; materiales; diseño y procesos de manufactura; e infraestructura y desarrollo urbano y rural.

Por supuesto, se planteó que cualquier proyecto que contara con recursos públicos para su realización, debía plantear una definición de área estratégica y de los sectores de actividad económica que estarían implicados. También incluyó que estaba en el interés del gobierno federal que las innovaciones realizadas en tales áreas de conocimiento estarían, en lo posible, orientadas hacia la población más vulnerable y con mayores carencias.

El sexenio concluyó con resultados muy por debajo de las expectativas que generó. Tampoco fue ninguna excepción el sector científico y tecnológico y sus áreas estratégicas de conocimiento. Los indicadores que por primera vez se plantearon en el programa a desarrollar, se mantuvieron con avances muy modestos o de plano a la mitad de la tabla.

Después, en la administración de Felipe Calderón, con los retrasos en la publicación de su programa sectorial, las áreas científico-tecnológicas que serían prioritarias casi se duplicaron. Quedaron las siguientes: biotecnología; medicina; energía; medio ambiente; tecnologías industriales de fabricación; materiales; nanotecnología; tecnologías de la información y las telecomunicaciones; y matemáticas aplicadas y modelación. También, el sexenio concluyó y los resultados no estuvieron a la vista.

En el periodo de Enrique Peña Nieto, a los dos años de iniciado, cobró mayor fuerza la idea de que los proyectos de investigación se dirigieran a atender los problemas nacionales. Así que en su programa especial se planteó, entre otras acciones, que los fondos sectoriales (los que se compartían con las diferentes secretarías de Estado) se ocuparan de ofrecer solución a los problemas nacionales.

Ahí se plantearon siete áreas de investigación, otra vez, se mezclaban con las de periodos anteriores y se incorporaban nuevas: biotecnología para la alimentación y la salud; cambio climático; energía y desarrollo sustentable; movimientos y asentamientos humanos; redes avanzadas de comunicación y tecnologías asociadas; salud y enfermedades importantes; y seguridad ciudadana. Al final, el gobierno federal informó que se apoyaron poco más de 600 proyectos y el monto fue de más un mil millones de pesos. Así fue.

En esta administración, por los plazos normativos, todavía no existe un programa sectorial, ni siquiera se conoce el objetivo que formará parte del Plan Nacional de Desarrollo. No obstante, la actual titular del Conacyt, María Elena Álvarez, ha adelantado que uno de los cuatro ejes de la reestructuración en marcha del Conacyt será articular las capacidades científicas, tecnológicas y humanistas del país.

Básicamente, ha dicho Álvarez Buylla, antes de que se emitan las convocatorias para proyectos de investigación correspondientes, se trata de articular esfuerzos de colaboración en torno a Programas Nacionales Estratégicos. Esto es, al parecer, se identificarán necesidades prioritarias críticas y se integrarán grupos para atenderlas. Según lo que ha planteado la titular del organismo: “es un enfoque de ir del problema a la articulación de capacidades y a la solución del problema” (21.02.2019).

En fin, a pesar de ya se han emitido las primeras convocatorias y firmado los primeros convenios, todavía están en suspenso las características precisas que tendrá este eje de reestructuración del organismo rector de las políticas científicas y tecnológicas. Vale la pena revisar lo que ha ocurrido en el pasado.

Pie de página: ¿Hasta dónde llegarán las indagatorias de la Fiscalía General de la República sobre la Estafa Maestra? Tal parece que sigue el nerviosismo en el estado de Morelos.

jueves, 21 de marzo de 2019

¿Declaratoria de un desencuentro?

Alejandro Canales
UNAM-IISUE/PUEES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio No. 795. Marzo 21, 2019. Pág. 5)

Los actuales movimientos en el sector científico y tecnológico son relativamente inusuales. No es la primera vez que se registra un desencuentro entre las autoridades del sector y algunas personalidades y organizaciones de representación de la comunidad científica. De hecho, buena parte de las políticas del sistema expresan las huellas de los intercambios, algunos más ríspidos y públicos que otros, pero pocas veces tersos.

Sin embargo, la controvertida iniciativa de Ley de Humanidades, Ciencias y Tecnologías, presentada por la senadora Ana Lilia Rivera Rivera de la fracción parlamentaria de Morena, refleja no solamente una cierta disputa entre María Elena Álvarez Buylla --la titular del Conacyt-- y organizaciones del sector, ahora también podría trasladarse al Congreso y probablemente entre éste y la dirección del organismo rector de las políticas científicas.

Los recientes encuentros organizados por el Foro Consultivo Científico y Tecnológico y la Cámara de Diputados son una muestra de las tensiones. En primer lugar, los foros no fueron organizados por la Cámara de Senadores, como era lo esperable, dado que es la cámara de origen.

La Cámara de Diputados apareció como un mejor espacio para la interlocución con los inconformes, seguramente porque la diputada Marivel Solís Barrera, de la fracción de Morena, preside la Comisión de Ciencia y Tecnología. En el Senado, la presidencia de esa misma comisión corresponde a la senadora Beatriz Paredes, integrante de la bancada del PRI. Por su parte, el Foro Consultivo, uno de los convocantes, no solamente es uno de los organismos de contacto entre autoridades y comunidad científica previsto en la ley vigente, también es una de las entidades que propone suprimir la polémica propuesta de ley de la senadora morenista Rivera.

En segundo lugar, los encuentros quedaron denominados como “Conversatorios para el análisis del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación”. Esto es, no fueron sesiones expresamente convocadas para discutir el controvertido proyecto de ley y aunque éste era el elefante en la sala, no fue el eje de la convocatoria.

El propósito de los conversatorios (ocho mesas en dos jornadas en San Lázaro) fue, dijeron los organizadores, para recibir aportaciones de expertos y actores clave. Sin embargo, no participaron autoridades del sector central y pues sí, tal parece que fue un muestrario de propuestas sobre los temas previstos en cada mesa y una válvula de escape a las muestras de inconformidad con el proyecto de ley.

En tercer lugar, en la segunda jornada del conversatorio que se realizó el 13 de marzo en la Cámara de Diputados, ese mismo día Conacyt celebró en sus instalaciones el foro “Ciencia por México: los Ejes del nuevo Conacyt en el marco del Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024”. Un encuentro al que acudió la senadora Beatriz Paredes, pero no la diputada Solís Barrera. Tal vez no tiene sentido especular si se trató de un foro opuesto o en competencia al realizado por los diputados, pero lo que sí es relevante es que se trata de participantes centrales del sector --tanto autoridades federales como legisladoras y miembros de la comunidad científica-- que discuten lo mismo en espacios diferentes; escuchan el eco pero no parecen tener comunicación directa entre sí.

El resultado de los foros realizados por Conacyt está por conocerse. En el caso de los conversatorios, al finalizar las mesas de trabajo, emitieron un breve documento que denominaron “Declaratoria”, firmada por las titulares del Foro y de la Comisión de Ciencia. Ahí quedaron planteados una docena de puntos que son más bien un pronunciamiento a favor del papel que puede desempeñar la ciencia y la tecnología en el desarrollo nacional y un posicionamiento sobre los temas críticos que puso en tela de juicio la iniciativa de ley de la senadora Rivera.

Por ejemplo, entre otros, destaca su respaldo a la idea de plantear en la Constitución Política el “derecho humano al acceso a los beneficios de la ciencia y sus aplicaciones, y de manera particular a que este sector sea considerado desde la Carta Magna como un área prioritaria para el desarrollo nacional” (tercer punto). Un tema pendiente en los intentos de reforma y que también está presente en la discusión actual sobre el artículo 3º constitucional.

También su llamado a que las modificaciones normativas o las acciones a poner en marcha en el sector, sean acompañadas “por un diálogo amplio y permanente entre todos los actores que lo integran” (punto cuatro). O bien su convocatoria a cumplir lo que dice la ley vigente en materia de inversión en el sector (al menos uno por ciento del PIB en gasto nacional) y reconocer el papel del sector privado en el impulso a las actividades científicas y tecnológicas.

Pie de página: Sí, vuelven las áreas preferentes, la convocatoria para estudios de doctorado en el extranjero enumera 16 “temas indicativos” prioritarios.

viernes, 15 de marzo de 2019

¿Fuerza centralista de una nueva ley?

Alejandro Canales
UNAM-IISUE/PUEES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio No. 794. Marzo 14, 2019. Pág. 5)

La discusión sobre una nueva norma para el sector científico y tecnológico ha revelado que prácticamente nadie está de acuerdo con la iniciativa presentada por la senadora Ana Lilia Rivera Rivera. La legisladora es integrante de la fracción parlamentaria de Morena, pero no tiene voces de respaldo en su bancada, menos en otras fracciones parlamentarias. Tampoco tiene la aprobación de los miembros de la comunidad académica, ni de los representantes de los empresarios y ni siquiera del mismo gobierno federal. 

La directora de Conacyt, María Elena Álvarez Buylla, no la defiende públicamente. A pesar de que en redes sociales circula información sobre los metadatos del archivo digital del proyecto de ley que indican que la última versión del documento tiene su origen en las oficinas del organismo y de que el proyecto contiene varios cambios que la titular ha expresado como deseables en la nueva visión del sistema científico y tecnológico. Por el contrario, Álvarez Buylla manifestó sorpresa por la aparición de la iniciativa y ha dicho que no forma parte de la agenda legislativa del ejecutivo federal.

Lo que parece inocultable es que el proyecto de ley de la senadora Rivera unificó posiciones en contra y desató diversas opiniones sobre lo que podría cambiar en la normatividad del sector. Todo parece indicar que existe un relativo consenso acerca de mantener como base la ley vigente y pensar dos veces si es necesario un vuelco a las reglas de juego de la actividad científica y tecnológica.

Sin embargo, no está claro de qué tamaño debiera ser el giro de la norma ni cuál podría ser su dirección. En estas circunstancias, vale la pena reparar en dos aspectos que la reforma de 1999 y la del 2002 --las dos últimas reformas y modificaciones posteriores--, sostuvieron para mejorar e impulsar la conducción del sector.

El primero de ellos es el de políticas de Estado, en contraposición a políticas de gobierno. Desde los años noventa comenzó a expresarse con mayor insistencia la necesidad de que lo público no se identificara con lo gubernamental, que la hechura de las políticas no dependiera solamente del arbitrio del gobierno federal ni fueran de corto plazo. La reforma a la ley sectorial de 1999 abrió esa puerta e incorporó un nuevo mecanismo de participación para que se formularan propuestas en materia de políticas y programas de investigación científica y tecnológica. En ese entonces se le llamó Foro Permanente de Ciencia y Tecnología (hoy, todavía, es el Foro Consultivo).

En la misma ley se establecieron principios básicos para apoyar las actividades, los instrumentos que canalizarían el apoyo (los fondos competitivos) y diferentes disposiciones para regular las relaciones con las entidades federativas e impulsar la descentralización. Sobre todo porque estaba en el horizonte que las políticas de Estado también debían ser de largo aliento y sostenerse más allá de los sexenios.

La reforma a la ley del 2002 no solamente reafirmó la misma noción de políticas de Estado, le añadió la creación de la Conferencia Nacional del sector para coordinar esfuerzos con las entidades federativas (similar a la Conago), enumeró media docena de lo que denominó las bases de la política de Estado para sustentar la integración de un Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología y dejó en manos del Consejo General la definición de esas mismas políticas.

Lo paradójico es que la misma ley del 2002 profundizó el caracter jerárquico y centralista de las políticas, al colocar la toma de decisiones en la figura del presidente de la República, bajo la idea de que solamente así se podría cumplir lo que dijera la norma. Nunca funcionó. Pero desde entonces quedó establecido que el máximo órgano de política sectorial (el Consejo General) sería presidido por el ejecutivo federal.

El segundo aspecto fue la idea de fortalecer las capacidades de coordinación y de gestión del Conacyt. El cambio en las normas estableció la separación administrativa del organismo de SEP, la creación de un ramo de gasto propio (el ramo 38) y un mayor manejo del gasto del sector bajo responsabilidad del Conacyt. Otra vez, lo contradictorio es que el fortalecimiento le duró la víspera, así como fue ganando control de una mayor proporción de los recursos, fue disminuyendo.

De hecho, en el primer Presupuesto de Egresos de la Federación de esta administración, dejó de controlar la mayor proporción de recursos del sector. Ahora, del total de gasto para actividades científicas y tecnológicas, Conacyt solamente ejercerá el 31 por ciento, la Sep tendrá la mayor parte (40 por ciento del total).

Así, no resulta nada extraño el rechazo generalizado a una propuesa que plantea contar con menos recursos y centralizar, aún mas, las políticas del sector.

Pie de página: Esta semana concluyen los conversatorios para el análisis del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación. ¿Y la fracción V del artículo 3º constitucional?

jueves, 7 de marzo de 2019

Mujeres: clave en el sector

Alejandro Canales
UNAM-IISUE/PUEES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio No. 793. Marzo 7, 2019. Pág. 4)

El Conacyt lo encabeza por primera vez una mujer: María Elena Álvarez Buylla. Desde la fundación del organismo rector de las políticas científicas y tecnológicas, hace casi medio siglo, trece hombres se sucedieron, unos a otros, en la posición de directores. Ninguna mujer estuvo en la primera línea de mando. Ahora, no solamente una mujer está a cargo de la dirección, otras mujeres tienen posiciones clave para la conducción del sector.

No es fortuita la presencia de un mayor número de mujeres en puestos de responsabilidad, es el resultado del esfuerzo que han desplegado generaciones enteras para franquear barreras y abrirse paso, poco a poco, pero de forma sostenida en la escalera curricular. Es una lucha de siglos, pero ciertamente en las últimas dos décadas el avance ha sido notable.

En México, desde los años noventa fue notoria la creciente presencia de las mujeres en la matrícula de educación superior. Actualmente, el avance, como promedio general, revela una paridad de género en la licenciatura universitaria y tecnológica. Una docena de entidades están por arriba del promedio (entre uno y tres puntos porcentuales de diferencia a favor de las mujeres).

Claro, se trata de matrícula y de promedios generales que esconden grandes diferencias. De hecho, en la licenciatura de educación normal la participación relativa de las mujeres es de 74 por ciento, pero en técnico superior su participación se reduce a 40 por ciento. Y otro panorama se traza cuando la matrícula se distingue por género e institución o por área de conocimiento y ni se diga por posiciones del personal académico, puestos de dirección,  condiciones laborales o los niveles altos del Sistema Nacional de Investigadores. Ahí, en una buena parte de los casos, la proporción es completamente desfavorable para las mujeres.

Un estudio de UNESCO del 2017 reveló la profunda desigualdad que persiste a nivel mundial en la enseñanza las ciencias, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (“Cracking the code: girls’ and women’s education in STEM”). Por ejemplo, mostró que, en educación superior, solamente el 35 por ciento de mujeres estaban matriculadas en ese tipo de carreras. A nivel de investigación la desigualdad era todavía mayor: solamente 28 por ciento de posiciones de investigación las ocupaban mujeres.

Actualmente, en México, es notable la presencia de las mujeres en la toma de decisiones del sector científico y tecnológico. Álvarez Buylla ocupa la dirección del Conacyt y también otras mujeres destacadas están en posiciones definitorias de la política sectorial. En la presente legislatura, en ambas cámaras, por primera vez, el volumen de hombres y mujeres es similar. Del total de 500 escaños que integran la Cámara de Diputados, las mujeres ocupan 241 (48 por ciento del total) y de los 128 lugares del Senado, las mujeres tienen 63 (49 por ciento del total). La paridad de género también llegó al Congreso de la Unión.

Lo más importante es que la titularidad de las comisiones de ciencia y tecnología de las dos cámaras son responsabilidad de mujeres. Las comisiones son la agrupación temática básica de los legisladores, tienen la responsabilidad de analizar las iniciativas y elaborar los dictámenes que se votan en el pleno. La integración de las comisiones refleja la composición política de la cámara correspondiente y anticipa lo que ocurrirá en las sesiones plenarias.

En la cámara baja, la presidenta de la Comisión de Ciencia y Tecnología es la diputada María Marivel Solís Rivera, cuenta con una licenciatura en ingeniería, es legisladora de representación proporcional por el estado de Hidalgo e integrante de la fracción parlamentaria de Morena. Aunque, curiosamente, no es la autora de la iniciativa de ley sectorial que ahora se discute.

En la cámara alta, la Comisión de Ciencia y Tecnología la encabeza la senadora y socióloga Beatriz Paredes Rangel. Una experimentada legisladora perteneciente al Revolucionario Institucional, de larga trayectoria política y posiciones importantes en el servicio público. De hecho, al final de los años ochenta fue la segunda mujer en desempeñarse como gobernadora. La senadora Paredes tampoco fue autora de la iniciativa de ley.

Además, otra mujer, Julia Tagüeña, dirige el Foro Consultivo Científico y Tecnológico, el principal organismo intermedio y de interlocución entre la autoridad y la comunidad académica. Por último, la Secretaría de Educación, Ciencia, Tecnología e Innovación de la Ciudad de México que concentra los mejores indicadores del sector también es encabezada por una mujer: Rosaura Ruiz Gutiérrez.

En fin, llegó la hora de las mujeres y aunque no todo es miel sobre hojuelas, seguramente se desempeñarán de forma ejemplar.

Pie de página: Todavía no culmina la discusión sobre la reforma al artículo 3o constitucional y ya comenzaron los foros para discutir la Ley de Humanidades, Ciencias y Tecnologías. Es un furor legislativo.

El vericueto de la ley y los dineros

Alejandro Canales
UNAM-IISUE/PUEES
Twitter: @canalesa99

(Publicado en Campus Milenio. No. 792. Febrero 28, 2019. Pág. 5)

En el sector de ciencia y tecnología, tal vez más que en ningún otro, todavía no hay ninguna certeza sobre las acciones que pondrá en marcha o no la actual administración. Las intenciones de la autoridad se ha propalado rápidamente en los medios, notablemente en las redes sociales, pero su coincidencia con los hechos no está en la misma línea e incluso algunas van en sentido contrario.

El caso más reciente es la iniciativa de Ley de Humanidades, Ciencias y Tecnologías. Aquí mismo lo hicimos notar: la directora del Conacyt, María Elena Álvarez Buylla, en rueda de prensa al comienzo de este mes, dijo que una iniciativa ya estaba por aprobarse en la Comisión de Ciencia y Tecnología de los diputados, presidida por Marivel Solís Barrera. No obstante, resulta que unos días después el proyecto ingresa más bien en la cámara alta y lo firma la senadora Ana Lilia Rivera Rivera (Campus Milenio No. 790). Por cierto, la senadora no pertenece a la comisión correspondiente.

Ahora, en una reveladora entrevista a la titular de Conacyt, realizada por Laura Poy Solano en el periódico La Jornada, el proyecto de ley se desestima. La doctora Álvarez dice que en el organismo se dieron a la tarea de revisar y estudiar el marco jurídico del sector y le presentaron algunas propuestas al asesor jurídico de la Presidencia de la República. Pero, y aquí viene lo relevante, también dijo que: “la iniciativa ante el Senado nos sorprendió porque no se propone como parte de la agenda legislativa del Presidente” (24.02.2019: 7). Notable.

La instancia encargada de los asuntos legales es la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal y el responsable es Julio Scherer Ibarra. Una dependencia que a partir de la administración anterior tiene rango de Secretaría de Estado y se encarga de revisar y aprobar todos los instrumentos jurídicos puestos a consideración de la Presidencia, así como los proyectos de ley del ejecutivo federal. Sí, como la actual iniciativa de reforma constitucional al artículo 3o, 13 y 73 que firmó el presidente López Obrador, pero que omitió la fracción VII del artículo 3ro y ahora se dictamina en la Cámara de Diputados.

En fin, regresando a la entrevista, lo notable es la sorpresa de la directora de Conacyt al indicar que el proyecto de ley sectorial en el Senado no es parte de la agenda del ejecutivo federal. Una declaración así suscita todavía más interrogantes. Entonces: ¿qué ocurrió con las propuestas que le hicieron llegar desde el Conacyt al consejero jurídico? ¿Coinciden o no con el proyecto de ley de la Senadora Rivera? ¿Una ley sectorial no es parte de la agenda legislativa del Presidente o la negativa es para el proyecto de la Senadora? ¿La iniciativa fue elaborada sin consultar a nadie?

Por supuesto, diputados y senadores están facultados para iniciar leyes y decretos, esa es una de sus principales responsabilidades. Aunque también tienen ese derecho el Presidente de la República, las legislaturas de los entidades federativas e incluso los ciudadanos, siempre y cuando, estos últimos, sean un equivalente al cero punto trece por ciento de la lista nominal de electores (artículo 71 constitucional).

Sin embargo, lo que resulta contradictorio es que la Senadora Rivera, a pesar de que pertenece al mismo partido en el gobierno, no maneje los mismos puntos de la agenda legislativa. Aunque, en realidad, el diagnóstico de su iniciativa es casi el mismo que ha presentado y maneja la directora de Conacyt.

Por ejemplo, en los ejes de la iniciativa de ley se asienta: “resulta indispensable que los cambios en la normatividad de ciencia y tecnología impidan que ciertos grupos del sector privado y gestores de recursos incidan negativamente en la política pública de ciencia, tecnología e innovación, así como que se utilicen recursos del sector para solventar obligaciones de los gobiernos de las entidades federativas” (p. 17).

Por su parte, en la entrevista que hemos indicado y como adelanto de las acciones que pondrá en marcha, Álvarez Buylla declara que el Conacyt no destinará “ni un quinto a la transferencia de recursos directos a la iniciativa privada”. ¿El mismo principio que anima a la ley? Sí.

En fin, la ley seguirá en suspenso y hasta ahora lo único cierto es que el sector tiene un presupuesto menor al que recibió el año pasado. Pronto veremos si el dinero se convertirá en el principal instrumento de conducción del sistema. Lo demás han sido principalmente errores y declaración de intenciones que no se sabe si llegarán a convertirse en hechos.

Pie de página: Un comunicado oficial dice que la inversión en ciencia básica en este año cuadruplicará la que hubo en los dos años anteriores. Veamos los números.